CATALEPSIA
Germán Cáceres
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Paisaje.
Óscar Capristo
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Para mí el gerente está mintiendo, no
puede ser que no conozca a Abel y a Juan y que jamás haya oído
hablar de mí. ¿Un shock emotivo puede provocar amnesia?
Él la pasó mal y se desmayó, pero yo también
me las vi fieras. ¿Me habré olvidado de algo?... Como
mi padre padece del mal de Parkinson es posible que se me haya colado
algún lío hereditario.
¿Y si lo que dice fuera verdad y él no tuviera nada que
ver con el asalto? Es difícil sacar una conclusión viéndolo
tirado en una cama de hospital, durmiendo todo el día como si
estuviera muerto, y emergiendo de vez en cuando del sopor para tocarse
la venda que le cubre la herida del cuello.
Lo malo es que para que garantizar su silencio lo amenacé con
matar a su mujer y a sus dos hijos.
No me explico qué quiere este hombre de mí.
Ahora resulta que yo soy el cerebro del atraco, no su víctima,
aunque esté inmovilizado en esta habitación del hospital
sin saber si podré reponerme y proseguir con mi vida laboral.
Ya le aclaré que yo estaba en mi despacho del pabellón
cuando aparecieron dos tipos disfrazados de guardias de seguridad -Abel
y Juan, según su versión confirmada por los diarios-,
que me encañonaron con sus pistolas obligándome a conducirlos
hasta la oficina de boletería.
Me advirtieron que guardarían sus armas mientras me escoltaran
por los pasillos colmados de público, pero que no pidiera auxilio
ni ofreciera resistencia porque me liquidarían en el acto.
Con tanta gente yendo y viniendo podría haberles causado un problema
y tal vez los detuvieran, pero seguramente yo no saldría con
vida, de modo que obedecí.
La oficina de boletería cuyos servicios se tercerizan queda en
el primer piso del pabellón y en el extremo opuesto a mi despacho.
El guardia que estaba al pie de la escalera, al reconocerme, me dejó
pasar junto con mis dos acompañantes. Tecleé el código
de seguridad en el tablero de la puerta y entré. El propietario
de la empresa de boletería al verme escoltado por los guardias
sonrió con tranquilidad y se levantó del sillón
para estrecharme la mano por encima de su escritorio. Pero uno de los
delincuentes me apuntó con su pistola en la sien y el otro con
la suya le dijo al aterrorizado empresario que le entregara el dinero
de la caja fuerte.
Soberana sorpresa nos llevamos cuando al abrir la caja que estaba al
lado de su escritorio, el empresario la mostró vacía e
informó que ya había depositado todo el dinero en el banco
operativo.
Los delincuentes se enardecieron espetándole que mentía,
que era costumbre depositar la recaudación a última hora,
y que si no aparecía lo matarían.
Entonces el empresario, dándonos la espalda, abrió un
pequeño compartimiento de la caja fuerte –ese que en general
se utiliza para guardar papeles importantes- y, de golpe, sacó
una pistola y disparó contra el delincuente que lo estaba amenazando.
Pero el ladrón que me apuntaba reaccionó con rapidez y
le descargó varios tiros.
Al caer al piso, una bala que se escapó de la pistola del empresario
me rozó el cuello, y me desmayé.
Le expliqué al gerente que yacía en la
cama de hospital que yo tenía otra interpretación de los
hechos.
En la despedida de soltero de uno de los empleados de la empresa productora
de eventos -era amigo de Abel y Juan, quienes se hallaban presentes-
el gerente comentó que acababa de firmar un contrato para organizar
un congreso de escritores de ciencia ficción y literatura policial,
al que se le había agregado la actuación de conjuntos
de rock y de música pop. Calculaba una afluencia de público
multitudinaria, de manera que el acontecimiento sería un éxito.
Después se siguió tomando vino en abundancia, y el gerente
perdió el control y en chiste alardeó que era una suerte
que fuera decente, sino podría planear un robo espectacular.
Como tenía acceso a los uniformes del personal de seguridad,
estaría en condiciones de facilitárselos a dos secuaces,
a los que haría pasar a la oficina de boletería: allí
los ladrones simularían que lo habían traído forzado
y se llevarían el dinero de la caja fuerte.
Abel y Juan a los pocos días de la reunión se comunicaron
con el gerente proponiéndole realizar el asalto. Ellos eran empleados
de una importante inmobiliaria, pero de vez en cuando hacían
algún trabajito.
Luego le aclaré al gerente que faltaba un tipo que oficiara de
campana fuera del pabellón y esperara a Abel y Juan con un auto
robado para escapar con el dinero. Como me conocían, no dudaron
en proponérmelo, pues aunque nunca había incursionado
en el delito, me resultaba fácil forzar coches porque tenía
un taller mecánico que incluía cerrajería. Yo andaba
con problemas económicos, de modo que acepté.
Y después ocurrió lo que fue noticia en los diarios: el
empresario y Juan perdieron la vida en forma instantánea. Abel
no se encontró conmigo y huyó en un taxi, luego se pasó
a otro y así sucesivamente hasta llegar a su pequeño departamento
en Martínez. Claro, esto de ir cambiando de taxis no funciona,
pues a la policía le resulta fácil efectuar un seguimiento,
de manera que ubicaron la vivienda. Abel, al resistirse, fue acribillado
a balazos.
Pero la policía no encontró en su departamento ningún
rastro del dinero robado.
Debería decirles a los médicos que este
delincuente amenazó a mi esposa y a mis hijos, pero tengo miedo
de que pueda tomar represalias antes de que intervenga la policía.
Esperaré hasta recuperarme y estar en condiciones de volver a
la empresa. Allí me sentiré más fortalecido junto
a los directivos y a los abogados.
Que me desmayase del susto y del dolor de la bala no me extraña,
lo que sí me asombra es que ello haya derivado en esta esquizofrenia
catatónica que me produce una inmovilidad absoluta. Los médicos
me comentaron que es la antigua catalepsia, aquella por la cual enterraban
vivas a las personas, pero antes no se podía saber con tanta
certeza como ahora si alguien estaba realmente muerto. Además,
con la catalepsia se encubrían casos de persecuciones y venganzas.
Los médicos insisten en que un shock no es suficiente para contraer
esta enfermedad, que yo debo poseer antecedentes psiquiátricos.
Pero lo único que puedo decirles es que soy una persona del montón,
que sufro de estrés y peleo bastante con mi mujer y mis hijos.
Y duermo mal y necesito recurrir a pastillas, pero jamás tomé
algo tan potente como este halopidol que me están aplicando como
si fuera agua mineral.
Me estoy poniendo nervioso. Temo que al gerente le
agarre una crisis y confiese a los médicos que yo lo amenacé
y que estoy vinculado al asalto del congreso de escritores policiales
y de ciencia ficción. Así que necesito recurrir a la dopamina
y robarle nuevamente a mi pobre viejo sus remedios para controlar el
Parkinson.
Los médicos no quieren dejarme pasar. Siempre invoco que soy
un amigo, pero como el gerente está empeorando sólo permiten
que lo visiten su mujer y sus hijos. Tendré que sobornar a las
enfermeras.
¿Qué hago si el gerente mantiene su posición de
no saber nada y lo dan de alta? Me denunciará, pero no puedo
liquidarlo porque no soy un asesino. ¡Pensar que creí que
esto sería algo sencillo que me salvaría económicamente!
Estoy empezando a soñar con la escena del asalto,
cuando el de la boletería está abriendo el pequeño
cajoncito de la caja fuerte y yo le digo al delincuente que lo está
apuntado que dispare sin asco, que allí adentro hay una pistola.
Y contemplo con satisfacción cómo el propietario cae muerto.
Seguro que este tipo de pesadillas me las produce el acoso del maleante,
que me va a terminar enfermando del todo. Y a los médicos no
se les ocurre otra forma de ayudarme que aumentado la dosis de halopidol.
¡Qué lindo! La dopamina me indujo a forjar
una fantasía en la que encontraba el dinero y era todo para mí,
pero no recuerdo dónde estaba oculto. En la próxima visión
voy a prestar más atención y a tomar buena nota, a ver
si se trata de una premonición y descubro el escondite.
Parece que empeoré. No hago más que gritar
cuando duermo, y siempre recreo la misma escena en la que ayudo a asesinar
al dueño de la empresa de boletería. Ya no aguanto más
esta habitación de hospital, en la que me siento sin aire y sin
poder moverme. Lo único que falta es que esta catalepsia moderna
se agudice, me quede totalmente hierático y terminen enterrándome
vivo.
Ahora sí que se pudrió todo: murió
el gerente de un paro cardíaco. Este episodio del asalto fue
demasiado estresante para su salud.
Si lo pienso bien, no deja de ser una especie de solución. Este
asunto empezó mal y si el gerente sobrevivía yo iba a
acabar entre rejas. Mejor seguir como siempre, sin un peso, pero conservando
la esperanza de que las fantasías de la dopamina me revelen el
lugar donde se halla el dinero.
En la espaciosa oficina que está al lado de
la sala de reuniones, conversan los dos inspectores de la compañía
de seguros.
Están sentados en sendos sillones, uno frente al otro, separados
por una mesa rectangular de madera.
-¡Vamos a tener que pagar el siniestro a la empresa de eventos!
La póliza está en orden y la prima totalmente paga –afirma
con enojo el mayor de los dos, que no supera los cuarenta años-.
Lo curioso es que al parecer nadie se llevó el dinero.
-Pero usted debe tener alguna teoría –comenta el más joven,
delgado y muy erguido, una muestra de que concurre con asiduidad al
gimnasio.
Ambos están en mangas de camisa. En la mesa hay una botella de
agua mineral y dos vasos llenos hasta la mitad.
-Siempre sospeché del gerente, no confié en su versión,
y eso del ataque cataléptico o esquizofrenia catatónica
me pareció una payasada. –Se da un respiro para tomar agua. Es
de rasgos firmes y marcados, tal vez porque debe ser implacable en sus
decisiones-. Pero investigué sus cuentas bancarias, sus tarjetas
de crédito y sus propiedades y no noté ningún movimiento
dudoso. Es más, la mujer está iniciando los trámites
para obtener la pensión y cobrar un seguro de vida.
Se produce una pausa; el más joven llena su vaso, lo toma de
un trago y pregunta:
-¿Y no averiguó si alguna de las dos empresas se quedó
con el dinero?
-¡Lo revisé todo! –responde el otro mientras levanta el
tubo del teléfono para pedir dos cafés. Se le ven algunas
canas sobre las orejas-. La firma de boletería es familiar, y
los dos hijos del empresario se hicieron cargo de ella. La esposa está
haciendo los mismos trámites que la del gerente: la pensión
y el cobro del seguro de vida. En las cuentas bancarias no hay ningún
ingreso extra de dinero.
Aparece una chica cuyo ligero escote observan con atención, y
deposita sobre la mesa una bandeja con dos cafés para luego retirarse.
-Realicé la misma pesquisa en la empresa organizadora de eventos,
pero como posee una estructura más complicada debí contratar
a varios auditores. El resultado fue nulo: no se halló nada.
-¿Lograron localizar el dinero negro que seguramente manejan
para pagar las coimas y comisiones? –indaga el joven.
-¡No! –contesta riendo el otro mientras revuelve el café
con la cucharita-. Para descubrir el negro en una empresa tan importante
hay que mandar una legión de contadores. Un control de tal magnitud
sólo lo puede concretar una fiscalización impositiva bastante
dura.
El joven, sonriente, pone las dos piernas sobre la mesa.
-Para mi hubo una traición –susurra como al pasar. Como el tipo
mayor se limita a golpetear la mesa con los dedos de ambas manos, prosigue-:
El hombre que hacía de campana encaró una maniobra audaz,
y jugándose el todo por el todo le propuso al dueño de
la empresa de boletería robar la recaudación. Éste
tenía que sacar el dinero de la caja fuerte antes de que llegaran
los ladrones y entregárselo al campana, que esperaría
fuera del pabellón con un auto robado. La coartada funcionaría
a la perfección: para la policía serían los ladrones
los que se llevaron el dinero. –Hace una pausa para concitar la atención-.
Pero el empresario lo traicionó: hubo una llamada anónima
que avisó sobre un automóvil que estaba estacionado en
las cercanías del pabellón. Cuando el campana –del cual
la policía no pudo obtener ningún dato- vio acercarse
al personal de seguridad huyó, y por ello no lo ubicó
el pistolero que había matado al empresario.
El cuarentón llena los vasos de agua.
-Claro –continua el joven- el empresario jamás sospechó
que los delincuentes iban a ponerse tan locos, por eso se vio obligado
a sacar el arma de la caja fuerte.
El inspector cuarentón frunce el ceño, y pregunta:
-¿Y si el campana recibió previamente el dinero y se escapó
con él?
-Sí, eso puede explicarlo todo.
Esta vez el silencio es sepulcral.
-¿Y quien le dice que el dinero ya se lo han repartido las dos
esposas? –se cuestiona el joven quitando las piernas de arriba de la
mesa-. Y los traidores fueron el gerente de la firma de eventos y el
dueño de la boletería, que lo entregaron a ellas aprovechando
que la policía culparía del robo a los ladrones.
-¡Basta! –exclama el hombre mayor resignado-. Nunca sabremos la
verdad porque la policía cerrará el caso, y si alguna
vez el dinero sale a luz nosotros ya estaremos agobiados por otros asuntos.
–Y agrega-: autoricemos el pago del siniestro.
EL ILUMINADO
Jorge Jacobo Barake
Caminando por una callejuela mal adoquinada y gibosa
se llega al final de una explanada donde se encuentra asentado un risueño
caserío donde habitan muchas familias humildes, pero honradas
y laboriosas. Hay en el villorrio prósperos negocios: cantinas,
barberías, un prostíbulo, tiendas de comestibles y ropa
y un taller de mecánica. Además de la iglesia y de su
plaza, el caserío también cuenta con un tiangue donde
los domingos y fiestas de guardar se dan cita todos los comerciantes
para cerrar algún negocio o hacer trueques.
En el villorrio el tiempo transcurría con acusado
desgano hasta que un domingo de tantos, después de Misa Mayor,
se descolgó por esas latitudes un brujo, cuyas prodigiosas virtudes
alborotaron, en un santiamén, a medio mundo, particularmente
a las mujeres.
Doña Agripina, vieja zorra, pero crédula
y fanática de todas las supercherías habidas y por haber,
corrió con la nueva a casa de una íntima amiga, a quien
le anunció a grito pelado:
—¡Arcadia! Figúrate que acaba de llegar
al poblado un brujo que es, según dice la gente, la máxima
autoridad en las artes adivinatorias. Andan diciendo que le acierta
a todo, a todito, con sólo que le llevés una muestra de
orina. Y se ha instalado en la choza que está al ladito del panteón.
—¡Magnífico, Agripina! —le respondió
entusiasmada. ¡Mañana mismo voy a ir a verlo para averiguar,
de una vez por todas, si mi hija se va a casar pronto con ese pretendiente
que tiene!
Y doña Arcadia cumplió su palabra.
Al verla, el brujo le disparó la pregunta de rigor:
--¿Trae usted la muestra?
—Sí, aquí la tengo —contestó, depositando en una
vetusta mesa la botella de orines.
El brujo se puso entonces a rezar Avemarías al revés,
al paso que frotaba el frasco con movimientos esotéricos.
Digno de consignar aquí es el penetrante tufo a azufre, típico
de las guaridas de brujos, que lo impregnaba todo.
El brujo agitó luego la botella con gran violencia y mirándola
a través de la luz exclamó:
—¡Señora! ¡La felicito! ¡Su hija está
embarazada!
—¿Qué? ¿Está usted chiflado? ¿Qué
disparates son ésos?
Doña Arcadia, trastornada por la furia, salió escupida
hacia su casa y, tan pronto llegó, le habló así
a su marido:
—¡Dice el brujo que la niña está embarazada!
—Mirá, Arcadia, no seás babosa. Ese brujo pendejo es un
mentiroso de marca mayor. Escuchá. Hoy mismo lo vamos a ir a
ver y lo vamos a joder. Ya verás que es un gran farsante.
Acto seguido el marido consiguió un frasco un
poco más grande y le echó orines de la hija, de su mujer
y suyos, y además, le echó un poco de aceite del motor
del carro viejo de la familia. Agitó varias veces la botella
para que todos los ingredientes se mezclaran bien e inmediatamente le
gritó a su mujer:
—¡Arcadia, vámonos ya que se nos hace tarde! —Y emprendieron
camino.
El brujo, al verlos llegar, les hizo la socorrida pregunta:
—¿Traen la muestra?
—¡Sí! —dijo el marido, colocándola sobre la mesa.
Procedió entonces el brujo a rezar y a frotar el frasco de la
peregrina manera que ya conocemos. Luego empezó a mirarlo a trasluz.
Su desconcierto era evidente. No había duda, según reflejaba
su semblante, de que el caso de marras era espinudísimo.
Por fin, el brujo pareció recibir la iluminación divina
que esperaba y, dirigiéndose al marido, le habló con una
voz tan ronca que daba la impresión de que provenía de
las más profundas cavernas del infierno:
—Caballero, ¡su hija está embarazada y va a dar a luz a
trillizos, usted anda muy mal de la próstata y su mujer le está
poniendo los cuernos con un carnicero! Fuera de eso, su carro necesita
urgentemente un cambio de aceite o le garantizo que se le va a fundir
el motor.
Marido y mujer salieron enloquecidos de aquella maldita morada y, cual
desenfrenadas acémilas, se echaron a galopar desbocadamente y
sin rumbo aparente por los mal adoquinados callejones del villorrio,
sin percatarse de que el brujo se despepitaba gritándoles desde
la puerta de su casa:
—¡Regresen, desgraciados, que se olvidaron de pagarme mis honorarios!
© Jorge Jacobo Barake. Cuentista y poeta salvadoreño. Actualmente
reside en Australia.
IMÁGENES
Luis Aguilar Monsalve
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Cañón
del Cauca. Raúl Toro
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Me habían notificado que saldría el viernes.
Hoy miércoles recibí esa maravillosa noticia. Lo primero
que iba a hacer era comunicar a mi esposa que la vería el viernes;
repetía esta frase a cada instante (la veré el viernes,
la veré el viernes, la veré…) en el último momento
decidí no hacerlo, opté por sorprenderla, me presentaría
ante ella. Si lo anunciaba ahora, cuando me viese no reaccionaría
de la misma manera; su sorpresa, me dije, al verme sin aviso, sería
más espontánea, única. Entonces comencé
a imaginar su reacción: estaría vestida como siempre con
falda ancha, una blusa de manga corta y zapatos blancos de lona; el
cabello estaría recogido en cola de caballo, dejando libre su
extraordinario cerquillo. Al verme, empalidecería, se quedaría
inmóvil, yo tendría que correr a sostenerla; la besaría
con pasión, sus lágrimas mojarían el cuello de
la camisa y, posiblemente, yo también lloraría. Luego,
me pondría las manos en el rostro, sentiría la suavidad
de ellas, empezaríamos a hablar, nos interrumpiríamos,
nos reiríamos. Una emoción nueva me pasó de la
mente al pecho. No era la emoción blanda, algo tibia y aún
aguanosa que nos seduce, sino una dramática y firme.
En fin, no puedo esperar más, tengo que salir ahora mismo, pero
no me dejarán, tengo que huir esta noche. Lo que más me
atrae es que voy a olvidar la ausencia, la distancia, el martirio de
haber estado fuera de la vida de Susana y de mi hijo Alex. ¿Cómo
estará él? ¿Seguirá llorón y engreído?
¿Consentido y mimado? ¿Todavía podré ponerlo
en los brazos? ¡Era tan pequeño la última vez que
lo vi! Tenía los ojos celestes de su madre y la tez morena como
la mía. ¡Era tan hermoso! Empecé a disfrutar cada
momento de esta anticipación. Decidí no fugarme, el riesgo
era muy grande, podía arruinarlo todo y sólo faltaban
dos días para poder verlos y volver a ser, como antes, muy felices.
Deduje que uno no puede deshacerse de los recuerdos aunque ya no tengan
la prestancia del ayer. Pero es el lazo que nos une a las ausencias.
No supe cómo continuar, la voz se frenó en el silencio,
luego tropecé con una realidad golpeante y volví a hundirme
en una melancolía azucarada, espesa, sin perspectiva; capté
el sonido de mi respiración en pugna. Me di cuenta entonces de
que por mí, por aquel hombre insignificante a quien oprimió
la neblina de una civilidad en crisis, había pasado toda una
historia.
El viernes llegó. Amanecía. El cuartucho se achicaba
con los primeros resplandores de una luz difusa y verde azulina. Salí
en la madrugada a paso lento y con la mirada baja. Arriba, temblaba
un vapor de color inexistente, ígneo, que la inmadura alba trataba
de ignorar. Me aturdí en el polvo maquinal de la duda y la angustia
de una culpabilidad callosa. Partí en medio de una lluvia perenne,
hacía mucho frío y no tenía la ropa adecuada para
abrigarme; sentía que llevaba una carga enorme, no quería
continuar, pero era como si unos gendarmes me obligaran y empujaren
a seguir con algo que no quería hacer. Tenía la impresión
de que me habían condenado e iba a recibir, en alguna celda miserable,
una inyección letal. Me sentí dentro de unas “llanuras
bélicas y páramos de asceta”.
Al llegar a mi antigua residencia, no quise tocar la puerta, me entró
un temor repentino, me sentí culpable de todo. Fue entonces cuando
resolví circundar la casa, me tomé mi tiempo. Alcé
la vista al cielo, y sobre el fondo umbrío de una nube en tránsito,
en un azul inmenso chillaban las golondrinas con su dominicana figura
y diseñaban autopistas ilusorias con su vuelo impertinente. Pero
algo andaba mal, no era lógico lo que estaba sucediendo, después
de todo iba a estar con mi esposa y mi hijo a quienes quería
más que a mi propia vida.
En la parte trasera había una ventana muy grande que daba al
comedor familiar y al jardín de atrás; como ladrón
en mi propio hogar, me aproximé con sigilo y mire el suelo que
pisaba: era ocre, gualdo y grisáceo. Un césped mal tenido
amarilleaba a trechos. Susana apareció como la recordaba, Alex
lloraba sin control, ella portaba un tazón grande y movía
con una cuchara de madera las claras que estaba batiendo. El rostro
de ella mostraba enojo; de pronto, un hombre de mi estatura empezó
a hablarle, se gritaban, pero no escuchaba lo que se decían;
actuaban como marido y mujer. Oí el silbido de una cigarra que
preñaba el aire como anunciándome lo inevitable. Tenía
que verle la cara, ¿sería posible que en mi ausencia de
seis años, ella se hubiese unido a otro hombre? Y Alex ¿con
diferente padre? Anudé mi angustia en la punta de mi miedo. El
rumor de las hojas, el grito de las aves y alguna voz humana, distante,
lejana, casi mítica, daban un toque de fondo a los latidos que
salían hiperbólicos de mi corazón. Logré
acercarme más a la ventana, el hombre me dio la espalda y salió
del cuarto, mientras Susana, alterada, dejó caer lo que tenía
en sus manos, parecía que gritaba histérica sin vernos
a ninguno de los dos. El hombre regresó con más prisa
que antes; una maldita rama de cerezo me impedía mirarlo, era
como un óbice puesto allí para angustiarme, para detener
mi acelerada marcha hacia lo tenebroso, pero cuando la rompí,
me quedé lívido. El hombre era yo. En la mano derecha
tenía la daga.
© Luis Aguilar Monsalve. Nacido en Ecuador, en1942.
Narrador y ensayista. Doctor en Lenguas y Culturas Hispánicas
y Doctor en Ciencias Políticas. Fue Director de la Maestría
de Relaciones Internacionales, y Coordinador de los Dptos. de Literatura
y Relaciones Internacionales de la Universidad de San Francisco (Quito).
Actualmente, trabaja como autor en residencia en el Departamento de
Lenguas Modernas de Wabash College. Publicó ensayos: La separación
de la Iglesia y el Estado, Frenando los vínculos entre la Iglesia
y el Estado: la nueva libertad religiosa en el Ecuador. Cuentos: A través
de una rendija, Huellas y silencios, El umbral del silencio, Breve antología
del relato, La otra cara del tiempo, Al otro lado de mi voz y otros
cuentos.
LA SUPERPOSICIÓN DE LAS MARÍAS
Fernando Olzsanski
Escondido detrás de un libro y de un par de gafas
de sol, miro de reojo todo lo que sucede en la piscina. No me preocupa
que alguien pueda ver la dirección en la que observo, las gafas
me protegen mientras no mueva la cabeza y delate hacia dónde
estoy mirando.
Hay muchas cosas para mirar. La piscina está en el centro del
complejo donde vivo, rodeada de apartamentos y plantas artificiales
que le dan aspecto de oasis patético. Me llama la atención
la gente que se asoma en los balcones y tira las colillas de los cigarrillos
donde no debería, los jubilados que discuten en voz alta las
instancias de un juego de dominó, algún caballero que
muestra cómo le cuelga la panza por encima del traje de baño,
los niños que saltan, gritan, y salpican con agua a los demás,
y por supuesto, alguna señorita que valga la pena mirar. Para
eso vengo. Para descansar, tomar algo de sol, y ver en la gente que
me rodea a los personajes de esa novela que tengo en la cabeza desde
hace más de doce años. En realidad, a los personajes ya
los tengo, porque surgieron de un hecho que viví en Buenos Aires,
antes de mudarme a Los Ángeles y que me empujaron a abandonar
todo. Los personajes son tres, yo soy uno, el otro se llama Julián,
y su novia, María. Las circunstancias que los tres vivimos son
una novela sin ficción, demasiado real como para obviarla y dejarla
en el olvido. Pero sé que escribirla sería como volver
a vivir todo aquello, con los momentos de esperanza y con la amargura
final del exilio.
Confieso que no sé cómo empezar esa novela, o no sé
cómo escribirla, o no sé cómo terminarla. Porque
me hubiese gustado que todo fuera diferente.
El observar a la gente que me rodea me da pautas para disfrazar a los
personajes. Busco gestos, tonos de voz, actitudes y formas de caminar.
Cualquier cosa que encuentre en los demás y que despierte los
pensamientos que temen surgir. Eso es lo que he hecho en los últimos
doce años, observar; buscar no sé qué, en no sé
quién, lo que no sé cómo diré.
Aunque ahora me he dado cuenta de que, desde hace tres días,
el observado soy yo.
El primer día tan sólo cruzamos miradas de ¿quién
será? El segundo, me saludó con un buen día y se
sentó en la reposera a tomar sol, justo frente a mí con
la piscina de por medio. Empecé a observarla porque me ella observaba,
y porque sus ojos eran negros, y su cabello también, y era largo
y espeso, y le llegaba hasta más allá de los hombros.
Como a María.
Sí, le vi también el cuerpo adolescente, pero firme, ese
traje de baño de dos piezas, blanco y sugestivo, la gracia de
sus muslos, la mirada con la cabeza baja, con los ojos escondidos entre
los cabellos, pero intensa, muy intensa. Como la de María.
Alguien la llamó ayer por el nombre, creo que la madre, así
supe su nombre. María Celeste. Ella contestó con fastidio
mientras me miraba. Quizá supo que la estaba observando detrás
de mis gafas negras, o quizá no supe esconder mi mirada o no
quise hacerlo, porque estudiaba sus facciones, las cejas gruesas, la
boca carnosa, la decisión de sus movimientos. Igual que María.
Hoy, cuando llegué a la piscina, ella ya estaba nadando, y lo
primero que vi, fue su cuerpo saliendo del agua, lentamente, sin sacudirse.
Con el agua cayéndole por la cara y el cuerpo, recorriéndola
de pies a cabeza, y sus ojos estudiándome a través de
sus densos cabellos. Como María, la última noche que pasamos
juntos en aquel hotel de mala muerte.
Estaba algo lejos como para saludarla, pero ambos nos dimos cuenta de
la presencia del otro. Fue magnético.
Ella se zambulle otra vez y nada despacio debajo del
agua. Cada vez que se asoma a la superficie para respirar, balancea
el cuerpo para sumergirse, dejando expuestas las caderas perfectas antes
de entrar lentamente debajo del agua. Ya no me preocupa si me ven mirando.
Sé que otros la ven también, porque es demasiado vistosa;
imposible no asimilar sus movimientos de sirena. Aunque no la catalogaría
como tal, porque las sirenas no tienen caderas, ni muslos, ni caminan
tan seguras como lo hace esta María. Como lo hacía aquella
María.
El recordar a María me trae sentimientos encontrados; por un
lado, me llena de vida repasar el único momento de mi triste
existencia en que me sentí hombre en el sentido completo de la
palabra, el momento en que una mujer puede moldear con sus propias manos
dentro del pecho masculino y darle sentido al caos interno. Pero al
mismo tiempo, me hizo sentir tan miserable y tan ruin como es un traidor.
Por eso me fui de Buenos Aires, mientras otros aquí son refugiados
de alguna guerra de por ahí, o buscan un futuro en una economía
diferente, yo vine a ocultarme, y a encontrar en el espejo una imagen
diferente a la que encontraba en mi ciudad.
Allí no podía verme a mí mismo, ni a mis padres,
y menos a Julián, que después de todo es mi hermano.
Quisiera decir que me fui por amor, o por honor, o por respeto. En el
único término que puedo pensar es cobardía.
María se me acerca y con esa desfachatez que tienen los adolescentes
me pregunta si hablo español. Sé que se dio cuenta de
ello por el libro que tengo en la mano, y le digo de donde soy y ella
me dice con un inconfundible acento que es colombiana. Su voz es lejana
en la memoria, pero poderosa y firme en el presente. Mis ojos la escuchan
mientras viajan entre su rostro y las oscuras aureolas de sus pechos
que contrastan con el blanco de su traje de baño y me señalan.
No hay mucho que pueda decir sobre cómo empezó aquello
con María, partiendo de que Julián la trajo a casa un
día y así empecé a verla seguido, hasta que un
día pasó lo que pasó, y no dejó de pasar,
hasta que Julián hizo una broma sobre nosotros dos. Y vi en las
palabras de Julián algo más que una broma. Algo que sólo
los hermanos pueden sentir. Porque sus ojos me miraron a mí,
y no a ella.
Entonces me fui.
María me habla del sol, del calor, y de que quiere zambullirse
en la piscina otra vez.
Yo sonrío. María sonríe y me saco las gafas oscuras
para ver su color real y su mirada sin límites.
Tal vez estaba equivocado con respecto a la novela y a los personajes,
tal vez la novela no había terminado, o no había empezado,
o estaba en una transición; tal vez nunca me había ido
de Buenos Aires y la pensé allá, o tal vez siempre había
estado en Los Ángeles creando el espacio para vivirla en lugar
de escribirla. Tal vez María nunca existió, o tal vez
María siempre estuvo aquí esperando a que llegara. No
sé cual de las Marías inventó a la otra.
El sol de California arde en la piel, tal vez el agua no sea una mala
idea. Me zambullo. Puedo sentir la diferencia de temperatura, puedo
percibir la suavidad de un mundo distinto. El mundo donde habita María.
© Fernando Olszanski: Escritor argentino,
es autor de la novela Rezos de marihuana y del poemario Parte del polvo.
Actualmente reside en Chicago, Estados Unidos, donde es Director Editorial
de la Revista Contratiempo.
LA VIDA A PARTIR DE TERESITA
Walter Ianelli
Cuando se topa con Eduardo, después de tantos
años, no siente na¬da fuera de lo normal. Hubiera pre¬ferido
ensayar el saludo de rigor y pretextar un trámite urgente, bajar
del an¬dén e irse en colectivo. Pero Eduardo se había
aparecido de golpe como una fo¬to a la vuelta de una página.
Las cejas levantadas en un asombro espas¬módico que Lucho
considera, en una milésima de segundo, casi nece¬sario en
esas circunstancias. Y ahora los ojos de Eduardo un poco más
abajo, quizás en su barbilla, tratando de recomponer las imágenes
ajadas por el tiempo. Entonces Lucho sabe que es tarde. Que ya ha entrado
en la memoria del otro y el otro en la suya, y las piernas se le han
clavado al piso. Su cara repite el asombro.
—Lucho —dice Eduardo abriendo los brazos—. Lucho querido.
Apenas más tarde, otra fracción de segundo más
tarde, Lucho fin¬ge una extraña alegría. Sabe que
la felicidad de ese hom¬bre, que lo abraza con desaforado contento,
radica en encontrar después de veinte años a alguien que
nunca se había preocupado en buscar. En¬tonces, palmea con
resignación una espalda ya desconocida. Después viene
el esfuerzo por zanjar de un solo saque ese abismo de años en
los que cada uno ha ido dando pasos por su lado, desparejos, sucesivos,
donde ha pasado mucho más que tiempo. Pero en fin. Ahora, que
Eduardo lo sostiene por los brazos y lo contempla a medio metro, ve
que está bien. No ha cambiado mucho. Un poco más gordo,
más alto, pero todavía tiene todo el pelo.
—El Comercial, los muchachos, Teresita —dice Eduardo subiendo al tren—.
Te acordás de Teresita.
Lucho también sube al tren. Al fin y al cabo iban para el mismo
la¬do. Parece mentira, tanto tiempo yendo y viniendo del centro
y recién ahora se lo encuentra.
—Teresita, eh Lucho... —insiste Eduardo.
Lucho mira por una de las ventanillas. Por qué sacará
primero ese tema. Si la única vez que se pelearon fue por Teresita.
—Sí —dice Lucho y piensa en Teresita. Teresita en la cocina de
ca¬sa con los guantes de goma puestos. Teresita a la mañana
con su aliento a momia, durmiendo como la dejara hoy mismo, temprano,
en¬callada entre las sábanas como una foca muerta. Hay que
hacer un esfuerzo muy grande, demasiado para un día como éste,
y a las seis de la tarde, después de todas las carpetas y las
reuniones y etcétera. Hay que hacer un esfuerzo muy grande para
acordarse de esa Teresita, la del colegio, esbelta y rubia y con las
tetitas paradas, por la que algu¬na vez se peleó con Eduardo.
Para qué le va a decir que al final se casó con ella.
Eduardo suspira otra vez. Le puso una mano en el hombro y mira también
por la ventanilla. Las casas que corren afuera, de espaldas a las vías,
los patios con ropa colgada se hacen un borrón en la velocidad
que les une la mirada en un punto difícil de alcanzar. Difícil
de traer a los labios. Pero Eduardo no está callado. Le cuenta
del tra¬ba¬jo y de vez en cuando pronuncia las palabras vida,
chicos, casa. Lu¬cho no lo mira. No hace falta. Siente que el tipo
es feliz. Es más: está conforme.
El tren se detiene. Algunas personas los empujan y Lucho siente que
debería bajarse, cortar por lo sano. Sin embargo se corre, deja
pa¬sar, deja entrar a la gente que tapa el sol casi horizontal sobre
el tin¬glado de la estación.
Cuando el tren arranca se da cuenta que Eduardo lo amarra por un brazo.
Entre tanta gente sería imposible caerse. De todos modos no le
molesta ese contacto, se ríe, de algo se estará riendo
porque Eduardo también se ríe.
—Bajo en Flores —dice Eduardo—. Venite a comer a casa.
Lucho mira el reloj. Semejante tipo. Se podría decir que apenas
lo conoce después de tantos años. Y lo invita a comer
a la casa. Se le nota que tiene todo re¬suelto. Que su vida está
al día como para perder toda una cena con un perfecto desconocido.
Es tarde. No sabe qué lo tienta a aceptar.
—No sé —dice.
—Dale —dice Eduardo— No me contaste nada. Aunque sea a tomar unos mates.
Telefoneás de casa y te vas temprano.
Bajan en flores. Ahora hablan de política, la globalización
y la economía. Sortean el tráfico caminando. El auto de
Eduardo está estacio¬nado a una cuadra. Suben. Viajan fumando
parisienes, se detienen frente a una casa a diez minutos de viaje.
—Teresita, eh, Lucho —dice Eduardo con aire triunfante mientras abre
el portón del garaje.
Lucho baja la cabeza. No tendría que haber venido. Ahora va a
te¬ner que contarle y en el fondo, más allá de la
camaradería, a Eduardo le va a joder que él se haya casado
con ella, y él se va a poner peor porque con los años
se ha ido dando cuenta que con Teresita las cosas no han funcionado.
Pero Eduardo ya está entrando en la casa. Dos chicos rubios le
sal¬tan encima como perros y Eduardo los besa y se revuelca con
ellos en la alfombra del living. Del saco le florecen caramelos, chocolates.
Los pibes se los arrancan de las manos, saltan, vuelven a caer y salen
co¬rriendo.
—¡Hey, heyy, heyyy! —los frena Eduardo—. ¡Saluden al tío
Lucho, male¬ducados!
El tío Lucho. Los chicos vienen de a uno y lo besan. Son hermosos.
Él hubiese querido tener chicos con Teresita.
—Son hermosos —dice Lucho.
—Tomá —dice Eduardo. Lucho no se sabe cómo pero ya Eduardo
le ha servido un whisky—. Ahora te muestro la casa. Esperá que
le digo a mi mujer que tenemos un invitado. De lujo —agrega y empieza
a subir la escalera que va al piso alto.
Lucho se queda solo. Escucha las voces lejanas de los chicos, quizá
en el fondo, en el patio. Camina por el living. Los muebles son agrada¬bles
y tienen algo de no forzada intimidad que lo hacen sentir cómodo.
Es extraño. La casa le gusta. Siente que le gusta. No la ha recorrido
pero tiene la sensación de que bien podría vivir en ella.
Termina el vaso de whisky y está tentado en reponer el contenido
pero unos pasos en la escalera lo detienen.
—Bueno —se escucha la voz de Eduardo que baja los escalones—. Este es
mi hermano Lucho del que tanto te hablé.
El hermano Lucho. El tío Lucho. Ni que viniese de Alaska. Se
da vuelta. Una mujer desciende la escalera detrás de Eduardo.
Tiene el pelo rubio y lacio y la cara llena de pecas y el pecho alto
y ceñido.
Cuando la mujer lo mira Lucho siente una puntada en el estómago.
El parecido con Teresita es escalofriante. Pero aún se parece
más a esa Teresita que alguna vez dejaron en el colegio, sentada
en un banco, sola y llorando a los mocos, mientras ellos salían
a trompearse al pa¬tio.
—Al fin te conozco —dice Teresita y lo besa.
—Lucho-Susana. Susana-Lucho —dice Eduardo, satisfecho—. ¿Qué
comemos?
No hay tiempo para nada. Susana se pierde en la cocina, Eduardo atiende
un llamado telefónico. Los chicos ahora juegan adentro porque
ya es de noche. Son hermosos, piensa Lucho. Como los que él hubiese
querido tener con Teresita, con la Teresita que a él le había
tocado. Quiere encontrar un pretexto para ir a la cocina a ver a esa
Teresita de Eduardo, a ver cómo esa Teresita de Eduardo, de trenzas
y tetitas paradas se había transformado en ésta que acababa
de bajar la escalera. Si pudiera. Pero ya Eduardo soltó el teléfono
y lo está apabullando. Trofeos de paddle, fotos de familia y
viajes. Vida, casa, mujer e hijos. Y Lucho, otra vez acorralado en el
sillón, asiente con la cabeza. Sin embargo pronto Eduardo se
queda pensativo, se rasca la barbilla con dedos morosos y lo mira con
una profundidad que le hace bajar la vista.
—Te-re-si-ta. Eh, Lucho, ¿te acordás? Qué minón
—dice meneando la cabeza—. ¿La volviste a ver?
Lucho le evita los ojos, como en el tren. Se da cuenta de qué
se trata esa fuerza centrípeta que desde un primer momento ejerciera
Eduardo. La casa, los muebles, los chicos lo llaman. Lo chupan como
un remolino, y él quiere escaparse por la ventana o dejarse mo¬rir
atraído por esas cosas, pero dejar de escuchar a Eduardo hablándole
de Teresita. Si Teresita está ahí, “ahí está
tu Teresita, en la cocina”, tiene ganas de decirle. El desprendimiento
de aquella que ambos conocieron una vez y que les dejó los ojos
negros. ¿Para qué le va a contar de la suya?
—No —dice.
Entonces Teresita sale de la cocina. La cena está casi lista,
dice y se sienta sobre la falda de Eduardo y le tira el pelo detrás
de la oreja y lo besa. Los brazos de Eduardo sobran para abarcar el
cuerpo frágil de esta Teresita que se ha ido haciendo más
Teresita que la real, que ha tenido hijos y ha hecho feliz a un hombre.
—Me hubiera casado con ella —dice Eduardo sin importarle que Teresita
esté ahí sobre sus faldas, mimándolo.
—La vida a partir de Teresita —dice Lucho y se levanta a buscar más
whisky.
© Walter Iannelli se desempeñó como docente,
editor y periodista cultural en la Subsecretaría de Cultura de
la Pcia. de Buenos Aires y el Centro Cultural Recoleta, entre otros.
Dirigió la revista literaria "Otras Puertas" (1992-1997).
Es autor entre otros libros de Zumatra y la mecánica de tu corpiño
(poesía), Alguien está esperando (cuentos llevados al
cine por Imagen y Sonido de la Universidad de Buenos Aires), Sanpaku
(novela) y Guía para pe(s)cadores (ensayos sobre escritura) y
fue premiado por el Régimen a la Producción Literaria
Nacional del Fondo Nacional de las Artes en los años 1995, 2000,
2001, 2003 y 2004. Actualmente es el coordinador general de Letras de
la Dirección de Arte y Cultura del Municipio de Morón
y asesor del portal La Cultura.
MERCADO FLORECIENTE
Miryam Gover de Nasatsky
Con una actitud desafiante frente a las teorías
de la micro y macroeconomía, el Primer Magistrado dedicó
ese verano sus mejores energías a interrumpir el estancamiento
que afectaba a Amertástica. Así, según su estilo
minucioso y detallista, decidió intervenir personalmente en las
cruciales negociaciones de la industria manufacturera.
-Vamos a reencender el motor que pondrá en marcha al país-
les anunció a los productores sorprendidos por su actitud enérgica
y operativa.
-Nuestro sistema, con un tipo de cambio alto y salarios bajos, producirá
un impacto en los mercados globalizados- aseguró el Ministro
de Asuntos Brutos.
-También crecerá el consumo si el marketing logra convencer
a la gente sobre los beneficios de adquirir permanentemente objetos
nuevos- vaticinó un consultor especializado.
El entusiasmo que despertaron tantas aseveraciones optimistas repercutió
en el ánimo de muchos ahorristas quienes ya no se privaban de
nada.
-Lo importante es mantener estable el buen humor de los votantes con
listas de posibles adquisiciones futuras- opinaban algunos analistas
obsesionados porque el índice de precios no paraba de subir.
Se premiará a quienes generen mayor cantidad de desperdicios
y elementos descartables- podía leerse en grandes afiches callejeros.
Después de incentivar tanto la demanda y la competitividad de
la producción, la ciudad se vio abarrotada por enormes bultos
conteniendo basura, muebles y todo tipo de objetos considerados obsoletos.
Las calles se convirtieron en enormes depósitos que dificultaban
la circulación. El problema era poder reemplazar todos los productos
al mismo tiempo.
Los habitantes de Amertástica, para acomodarse a la nueva capacidad
de gasto que imponía una circunstancia tan extrema, se fueron
habituando a vivir en casas y departamentos vacíos hasta que
algún viento favorable revirtiera la situación. Nadie
podía torcerle el brazo al mercado floreciente.
© MIRYAM E. GOVER de NASATSKY
Profesora en Letras (Univ. Nac. del Litoral). Fue
becaria del Fondo Nacional de las Artes. Docente e investigadora. Colabora
en revistas literarias y en publicaciones conjuntas.
Entre otros libros, ha publicado:
* Revistas literarias argentinas 1960-1990. Edición conjunta
con Nélida Salvador y Elena Ardissone
* Trayectorias musicales judeo-argentinas (con el auspicio del Fondo
Nac. de las Artes y Ed. Milá). Edición conjunta con Ana
Weinstein y Roberto B. Nasatsky.
*Persistentes vibraciones, poesía.
*La pasión de un visionario-Theodor Herzl, novela histórica.