Revista Rampa
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CATALEPSIA

Germán Cáceres

 

Paisaje. Óscar Capristo

Para mí el gerente está mintiendo, no puede ser que no conozca a Abel y a Juan y que jamás haya oído hablar de mí. ¿Un shock emotivo puede provocar amnesia? Él la pasó mal y se desmayó, pero yo también me las vi fieras. ¿Me habré olvidado de algo?... Como mi padre padece del mal de Parkinson es posible que se me haya colado algún lío hereditario.
¿Y si lo que dice fuera verdad y él no tuviera nada que ver con el asalto? Es difícil sacar una conclusión viéndolo tirado en una cama de hospital, durmiendo todo el día como si estuviera muerto, y emergiendo de vez en cuando del sopor para tocarse la venda que le cubre la herida del cuello.
Lo malo es que para que garantizar su silencio lo amenacé con matar a su mujer y a sus dos hijos.

No me explico qué quiere este hombre de mí. Ahora resulta que yo soy el cerebro del atraco, no su víctima, aunque esté inmovilizado en esta habitación del hospital sin saber si podré reponerme y proseguir con mi vida laboral.
Ya le aclaré que yo estaba en mi despacho del pabellón cuando aparecieron dos tipos disfrazados de guardias de seguridad -Abel y Juan, según su versión confirmada por los diarios-, que me encañonaron con sus pistolas obligándome a conducirlos hasta la oficina de boletería.
Me advirtieron que guardarían sus armas mientras me escoltaran por los pasillos colmados de público, pero que no pidiera auxilio ni ofreciera resistencia porque me liquidarían en el acto.
Con tanta gente yendo y viniendo podría haberles causado un problema y tal vez los detuvieran, pero seguramente yo no saldría con vida, de modo que obedecí.
La oficina de boletería cuyos servicios se tercerizan queda en el primer piso del pabellón y en el extremo opuesto a mi despacho. El guardia que estaba al pie de la escalera, al reconocerme, me dejó pasar junto con mis dos acompañantes. Tecleé el código de seguridad en el tablero de la puerta y entré. El propietario de la empresa de boletería al verme escoltado por los guardias sonrió con tranquilidad y se levantó del sillón para estrecharme la mano por encima de su escritorio. Pero uno de los delincuentes me apuntó con su pistola en la sien y el otro con la suya le dijo al aterrorizado empresario que le entregara el dinero de la caja fuerte.
Soberana sorpresa nos llevamos cuando al abrir la caja que estaba al lado de su escritorio, el empresario la mostró vacía e informó que ya había depositado todo el dinero en el banco operativo.
Los delincuentes se enardecieron espetándole que mentía, que era costumbre depositar la recaudación a última hora, y que si no aparecía lo matarían.
Entonces el empresario, dándonos la espalda, abrió un pequeño compartimiento de la caja fuerte –ese que en general se utiliza para guardar papeles importantes- y, de golpe, sacó una pistola y disparó contra el delincuente que lo estaba amenazando. Pero el ladrón que me apuntaba reaccionó con rapidez y le descargó varios tiros.
Al caer al piso, una bala que se escapó de la pistola del empresario me rozó el cuello, y me desmayé.

Le expliqué al gerente que yacía en la cama de hospital que yo tenía otra interpretación de los hechos.
En la despedida de soltero de uno de los empleados de la empresa productora de eventos -era amigo de Abel y Juan, quienes se hallaban presentes- el gerente comentó que acababa de firmar un contrato para organizar un congreso de escritores de ciencia ficción y literatura policial, al que se le había agregado la actuación de conjuntos de rock y de música pop. Calculaba una afluencia de público multitudinaria, de manera que el acontecimiento sería un éxito.
Después se siguió tomando vino en abundancia, y el gerente perdió el control y en chiste alardeó que era una suerte que fuera decente, sino podría planear un robo espectacular. Como tenía acceso a los uniformes del personal de seguridad, estaría en condiciones de facilitárselos a dos secuaces, a los que haría pasar a la oficina de boletería: allí los ladrones simularían que lo habían traído forzado y se llevarían el dinero de la caja fuerte.
Abel y Juan a los pocos días de la reunión se comunicaron con el gerente proponiéndole realizar el asalto. Ellos eran empleados de una importante inmobiliaria, pero de vez en cuando hacían algún trabajito.
Luego le aclaré al gerente que faltaba un tipo que oficiara de campana fuera del pabellón y esperara a Abel y Juan con un auto robado para escapar con el dinero. Como me conocían, no dudaron en proponérmelo, pues aunque nunca había incursionado en el delito, me resultaba fácil forzar coches porque tenía un taller mecánico que incluía cerrajería. Yo andaba con problemas económicos, de modo que acepté.
Y después ocurrió lo que fue noticia en los diarios: el empresario y Juan perdieron la vida en forma instantánea. Abel no se encontró conmigo y huyó en un taxi, luego se pasó a otro y así sucesivamente hasta llegar a su pequeño departamento en Martínez. Claro, esto de ir cambiando de taxis no funciona, pues a la policía le resulta fácil efectuar un seguimiento, de manera que ubicaron la vivienda. Abel, al resistirse, fue acribillado a balazos.
Pero la policía no encontró en su departamento ningún rastro del dinero robado.

Debería decirles a los médicos que este delincuente amenazó a mi esposa y a mis hijos, pero tengo miedo de que pueda tomar represalias antes de que intervenga la policía. Esperaré hasta recuperarme y estar en condiciones de volver a la empresa. Allí me sentiré más fortalecido junto a los directivos y a los abogados.
Que me desmayase del susto y del dolor de la bala no me extraña, lo que sí me asombra es que ello haya derivado en esta esquizofrenia catatónica que me produce una inmovilidad absoluta. Los médicos me comentaron que es la antigua catalepsia, aquella por la cual enterraban vivas a las personas, pero antes no se podía saber con tanta certeza como ahora si alguien estaba realmente muerto. Además, con la catalepsia se encubrían casos de persecuciones y venganzas.
Los médicos insisten en que un shock no es suficiente para contraer esta enfermedad, que yo debo poseer antecedentes psiquiátricos. Pero lo único que puedo decirles es que soy una persona del montón, que sufro de estrés y peleo bastante con mi mujer y mis hijos. Y duermo mal y necesito recurrir a pastillas, pero jamás tomé algo tan potente como este halopidol que me están aplicando como si fuera agua mineral.

Me estoy poniendo nervioso. Temo que al gerente le agarre una crisis y confiese a los médicos que yo lo amenacé y que estoy vinculado al asalto del congreso de escritores policiales y de ciencia ficción. Así que necesito recurrir a la dopamina y robarle nuevamente a mi pobre viejo sus remedios para controlar el Parkinson.
Los médicos no quieren dejarme pasar. Siempre invoco que soy un amigo, pero como el gerente está empeorando sólo permiten que lo visiten su mujer y sus hijos. Tendré que sobornar a las enfermeras.
¿Qué hago si el gerente mantiene su posición de no saber nada y lo dan de alta? Me denunciará, pero no puedo liquidarlo porque no soy un asesino. ¡Pensar que creí que esto sería algo sencillo que me salvaría económicamente!

Estoy empezando a soñar con la escena del asalto, cuando el de la boletería está abriendo el pequeño cajoncito de la caja fuerte y yo le digo al delincuente que lo está apuntado que dispare sin asco, que allí adentro hay una pistola. Y contemplo con satisfacción cómo el propietario cae muerto.
Seguro que este tipo de pesadillas me las produce el acoso del maleante, que me va a terminar enfermando del todo. Y a los médicos no se les ocurre otra forma de ayudarme que aumentado la dosis de halopidol.

¡Qué lindo! La dopamina me indujo a forjar una fantasía en la que encontraba el dinero y era todo para mí, pero no recuerdo dónde estaba oculto. En la próxima visión voy a prestar más atención y a tomar buena nota, a ver si se trata de una premonición y descubro el escondite.

Parece que empeoré. No hago más que gritar cuando duermo, y siempre recreo la misma escena en la que ayudo a asesinar al dueño de la empresa de boletería. Ya no aguanto más esta habitación de hospital, en la que me siento sin aire y sin poder moverme. Lo único que falta es que esta catalepsia moderna se agudice, me quede totalmente hierático y terminen enterrándome vivo.

Ahora sí que se pudrió todo: murió el gerente de un paro cardíaco. Este episodio del asalto fue demasiado estresante para su salud.
Si lo pienso bien, no deja de ser una especie de solución. Este asunto empezó mal y si el gerente sobrevivía yo iba a acabar entre rejas. Mejor seguir como siempre, sin un peso, pero conservando la esperanza de que las fantasías de la dopamina me revelen el lugar donde se halla el dinero.

En la espaciosa oficina que está al lado de la sala de reuniones, conversan los dos inspectores de la compañía de seguros.
Están sentados en sendos sillones, uno frente al otro, separados por una mesa rectangular de madera.
-¡Vamos a tener que pagar el siniestro a la empresa de eventos! La póliza está en orden y la prima totalmente paga –afirma con enojo el mayor de los dos, que no supera los cuarenta años-. Lo curioso es que al parecer nadie se llevó el dinero.
-Pero usted debe tener alguna teoría –comenta el más joven, delgado y muy erguido, una muestra de que concurre con asiduidad al gimnasio.
Ambos están en mangas de camisa. En la mesa hay una botella de agua mineral y dos vasos llenos hasta la mitad.
-Siempre sospeché del gerente, no confié en su versión, y eso del ataque cataléptico o esquizofrenia catatónica me pareció una payasada. –Se da un respiro para tomar agua. Es de rasgos firmes y marcados, tal vez porque debe ser implacable en sus decisiones-. Pero investigué sus cuentas bancarias, sus tarjetas de crédito y sus propiedades y no noté ningún movimiento dudoso. Es más, la mujer está iniciando los trámites para obtener la pensión y cobrar un seguro de vida.
Se produce una pausa; el más joven llena su vaso, lo toma de un trago y pregunta:
-¿Y no averiguó si alguna de las dos empresas se quedó con el dinero?
-¡Lo revisé todo! –responde el otro mientras levanta el tubo del teléfono para pedir dos cafés. Se le ven algunas canas sobre las orejas-. La firma de boletería es familiar, y los dos hijos del empresario se hicieron cargo de ella. La esposa está haciendo los mismos trámites que la del gerente: la pensión y el cobro del seguro de vida. En las cuentas bancarias no hay ningún ingreso extra de dinero.
Aparece una chica cuyo ligero escote observan con atención, y deposita sobre la mesa una bandeja con dos cafés para luego retirarse.
-Realicé la misma pesquisa en la empresa organizadora de eventos, pero como posee una estructura más complicada debí contratar a varios auditores. El resultado fue nulo: no se halló nada.
-¿Lograron localizar el dinero negro que seguramente manejan para pagar las coimas y comisiones? –indaga el joven.
-¡No! –contesta riendo el otro mientras revuelve el café con la cucharita-. Para descubrir el negro en una empresa tan importante hay que mandar una legión de contadores. Un control de tal magnitud sólo lo puede concretar una fiscalización impositiva bastante dura.
El joven, sonriente, pone las dos piernas sobre la mesa.
-Para mi hubo una traición –susurra como al pasar. Como el tipo mayor se limita a golpetear la mesa con los dedos de ambas manos, prosigue-: El hombre que hacía de campana encaró una maniobra audaz, y jugándose el todo por el todo le propuso al dueño de la empresa de boletería robar la recaudación. Éste tenía que sacar el dinero de la caja fuerte antes de que llegaran los ladrones y entregárselo al campana, que esperaría fuera del pabellón con un auto robado. La coartada funcionaría a la perfección: para la policía serían los ladrones los que se llevaron el dinero. –Hace una pausa para concitar la atención-. Pero el empresario lo traicionó: hubo una llamada anónima que avisó sobre un automóvil que estaba estacionado en las cercanías del pabellón. Cuando el campana –del cual la policía no pudo obtener ningún dato- vio acercarse al personal de seguridad huyó, y por ello no lo ubicó el pistolero que había matado al empresario.
El cuarentón llena los vasos de agua.
-Claro –continua el joven- el empresario jamás sospechó que los delincuentes iban a ponerse tan locos, por eso se vio obligado a sacar el arma de la caja fuerte.
El inspector cuarentón frunce el ceño, y pregunta:
-¿Y si el campana recibió previamente el dinero y se escapó con él?
-Sí, eso puede explicarlo todo.
Esta vez el silencio es sepulcral.
-¿Y quien le dice que el dinero ya se lo han repartido las dos esposas? –se cuestiona el joven quitando las piernas de arriba de la mesa-. Y los traidores fueron el gerente de la firma de eventos y el dueño de la boletería, que lo entregaron a ellas aprovechando que la policía culparía del robo a los ladrones.
-¡Basta! –exclama el hombre mayor resignado-. Nunca sabremos la verdad porque la policía cerrará el caso, y si alguna vez el dinero sale a luz nosotros ya estaremos agobiados por otros asuntos. –Y agrega-: autoricemos el pago del siniestro.

 

EL ILUMINADO

Jorge Jacobo Barake

 

Caminando por una callejuela mal adoquinada y gibosa se llega al final de una explanada donde se encuentra asentado un risueño caserío donde habitan muchas familias humildes, pero honradas y laboriosas. Hay en el villorrio prósperos negocios: cantinas, barberías, un prostíbulo, tiendas de comestibles y ropa y un taller de mecánica. Además de la iglesia y de su plaza, el caserío también cuenta con un tiangue donde los domingos y fiestas de guardar se dan cita todos los comerciantes para cerrar algún negocio o hacer trueques.

En el villorrio el tiempo transcurría con acusado desgano hasta que un domingo de tantos, después de Misa Mayor, se descolgó por esas latitudes un brujo, cuyas prodigiosas virtudes alborotaron, en un santiamén, a medio mundo, particularmente a las mujeres.

Doña Agripina, vieja zorra, pero crédula y fanática de todas las supercherías habidas y por haber, corrió con la nueva a casa de una íntima amiga, a quien le anunció a grito pelado:

—¡Arcadia! Figúrate que acaba de llegar al poblado un brujo que es, según dice la gente, la máxima autoridad en las artes adivinatorias. Andan diciendo que le acierta a todo, a todito, con sólo que le llevés una muestra de orina. Y se ha instalado en la choza que está al ladito del panteón.

—¡Magnífico, Agripina! —le respondió entusiasmada. ¡Mañana mismo voy a ir a verlo para averiguar, de una vez por todas, si mi hija se va a casar pronto con ese pretendiente que tiene!

Y doña Arcadia cumplió su palabra.

Al verla, el brujo le disparó la pregunta de rigor:

--¿Trae usted la muestra?

—Sí, aquí la tengo —contestó, depositando en una vetusta mesa la botella de orines.

El brujo se puso entonces a rezar Avemarías al revés, al paso que frotaba el frasco con movimientos esotéricos.

Digno de consignar aquí es el penetrante tufo a azufre, típico de las guaridas de brujos, que lo impregnaba todo.

El brujo agitó luego la botella con gran violencia y mirándola a través de la luz exclamó:

—¡Señora! ¡La felicito! ¡Su hija está embarazada!

—¿Qué? ¿Está usted chiflado? ¿Qué disparates son ésos?

Doña Arcadia, trastornada por la furia, salió escupida hacia su casa y, tan pronto llegó, le habló así a su marido:

—¡Dice el brujo que la niña está embarazada!

—Mirá, Arcadia, no seás babosa. Ese brujo pendejo es un mentiroso de marca mayor. Escuchá. Hoy mismo lo vamos a ir a ver y lo vamos a joder. Ya verás que es un gran farsante.

Acto seguido el marido consiguió un frasco un poco más grande y le echó orines de la hija, de su mujer y suyos, y además, le echó un poco de aceite del motor del carro viejo de la familia. Agitó varias veces la botella para que todos los ingredientes se mezclaran bien e inmediatamente le gritó a su mujer:

—¡Arcadia, vámonos ya que se nos hace tarde! —Y emprendieron camino.

El brujo, al verlos llegar, les hizo la socorrida pregunta:

—¿Traen la muestra?

—¡Sí! —dijo el marido, colocándola sobre la mesa.

Procedió entonces el brujo a rezar y a frotar el frasco de la peregrina manera que ya conocemos. Luego empezó a mirarlo a trasluz. Su desconcierto era evidente. No había duda, según reflejaba su semblante, de que el caso de marras era espinudísimo.

Por fin, el brujo pareció recibir la iluminación divina que esperaba y, dirigiéndose al marido, le habló con una voz tan ronca que daba la impresión de que provenía de las más profundas cavernas del infierno:

—Caballero, ¡su hija está embarazada y va a dar a luz a trillizos, usted anda muy mal de la próstata y su mujer le está poniendo los cuernos con un carnicero! Fuera de eso, su carro necesita urgentemente un cambio de aceite o le garantizo que se le va a fundir el motor.

Marido y mujer salieron enloquecidos de aquella maldita morada y, cual desenfrenadas acémilas, se echaron a galopar desbocadamente y sin rumbo aparente por los mal adoquinados callejones del villorrio, sin percatarse de que el brujo se despepitaba gritándoles desde la puerta de su casa:

—¡Regresen, desgraciados, que se olvidaron de pagarme mis honorarios!


© Jorge Jacobo Barake. Cuentista y poeta salvadoreño. Actualmente reside en Australia.

 

IMÁGENES

Luis Aguilar Monsalve

 

Cañón del Cauca. Raúl Toro

Me habían notificado que saldría el viernes. Hoy miércoles recibí esa maravillosa noticia. Lo primero que iba a hacer era comunicar a mi esposa que la vería el viernes; repetía esta frase a cada instante (la veré el viernes, la veré el viernes, la veré…) en el último momento decidí no hacerlo, opté por sorprenderla, me presentaría ante ella. Si lo anunciaba ahora, cuando me viese no reaccionaría de la misma manera; su sorpresa, me dije, al verme sin aviso, sería más espontánea, única. Entonces comencé a imaginar su reacción: estaría vestida como siempre con falda ancha, una blusa de manga corta y zapatos blancos de lona; el cabello estaría recogido en cola de caballo, dejando libre su extraordinario cerquillo. Al verme, empalidecería, se quedaría inmóvil, yo tendría que correr a sostenerla; la besaría con pasión, sus lágrimas mojarían el cuello de la camisa y, posiblemente, yo también lloraría. Luego, me pondría las manos en el rostro, sentiría la suavidad de ellas, empezaríamos a hablar, nos interrumpiríamos, nos reiríamos. Una emoción nueva me pasó de la mente al pecho. No era la emoción blanda, algo tibia y aún aguanosa que nos seduce, sino una dramática y firme.

En fin, no puedo esperar más, tengo que salir ahora mismo, pero no me dejarán, tengo que huir esta noche. Lo que más me atrae es que voy a olvidar la ausencia, la distancia, el martirio de haber estado fuera de la vida de Susana y de mi hijo Alex. ¿Cómo estará él? ¿Seguirá llorón y engreído? ¿Consentido y mimado? ¿Todavía podré ponerlo en los brazos? ¡Era tan pequeño la última vez que lo vi! Tenía los ojos celestes de su madre y la tez morena como la mía. ¡Era tan hermoso! Empecé a disfrutar cada momento de esta anticipación. Decidí no fugarme, el riesgo era muy grande, podía arruinarlo todo y sólo faltaban dos días para poder verlos y volver a ser, como antes, muy felices. Deduje que uno no puede deshacerse de los recuerdos aunque ya no tengan la prestancia del ayer. Pero es el lazo que nos une a las ausencias. No supe cómo continuar, la voz se frenó en el silencio, luego tropecé con una realidad golpeante y volví a hundirme en una melancolía azucarada, espesa, sin perspectiva; capté el sonido de mi respiración en pugna. Me di cuenta entonces de que por mí, por aquel hombre insignificante a quien oprimió la neblina de una civilidad en crisis, había pasado toda una historia.

El viernes llegó. Amanecía. El cuartucho se achicaba con los primeros resplandores de una luz difusa y verde azulina. Salí en la madrugada a paso lento y con la mirada baja. Arriba, temblaba un vapor de color inexistente, ígneo, que la inmadura alba trataba de ignorar. Me aturdí en el polvo maquinal de la duda y la angustia de una culpabilidad callosa. Partí en medio de una lluvia perenne, hacía mucho frío y no tenía la ropa adecuada para abrigarme; sentía que llevaba una carga enorme, no quería continuar, pero era como si unos gendarmes me obligaran y empujaren a seguir con algo que no quería hacer. Tenía la impresión de que me habían condenado e iba a recibir, en alguna celda miserable, una inyección letal. Me sentí dentro de unas “llanuras bélicas y páramos de asceta”.

Al llegar a mi antigua residencia, no quise tocar la puerta, me entró un temor repentino, me sentí culpable de todo. Fue entonces cuando resolví circundar la casa, me tomé mi tiempo. Alcé la vista al cielo, y sobre el fondo umbrío de una nube en tránsito, en un azul inmenso chillaban las golondrinas con su dominicana figura y diseñaban autopistas ilusorias con su vuelo impertinente. Pero algo andaba mal, no era lógico lo que estaba sucediendo, después de todo iba a estar con mi esposa y mi hijo a quienes quería más que a mi propia vida.

En la parte trasera había una ventana muy grande que daba al comedor familiar y al jardín de atrás; como ladrón en mi propio hogar, me aproximé con sigilo y mire el suelo que pisaba: era ocre, gualdo y grisáceo. Un césped mal tenido amarilleaba a trechos. Susana apareció como la recordaba, Alex lloraba sin control, ella portaba un tazón grande y movía con una cuchara de madera las claras que estaba batiendo. El rostro de ella mostraba enojo; de pronto, un hombre de mi estatura empezó a hablarle, se gritaban, pero no escuchaba lo que se decían; actuaban como marido y mujer. Oí el silbido de una cigarra que preñaba el aire como anunciándome lo inevitable. Tenía que verle la cara, ¿sería posible que en mi ausencia de seis años, ella se hubiese unido a otro hombre? Y Alex ¿con diferente padre? Anudé mi angustia en la punta de mi miedo. El rumor de las hojas, el grito de las aves y alguna voz humana, distante, lejana, casi mítica, daban un toque de fondo a los latidos que salían hiperbólicos de mi corazón. Logré acercarme más a la ventana, el hombre me dio la espalda y salió del cuarto, mientras Susana, alterada, dejó caer lo que tenía en sus manos, parecía que gritaba histérica sin vernos a ninguno de los dos. El hombre regresó con más prisa que antes; una maldita rama de cerezo me impedía mirarlo, era como un óbice puesto allí para angustiarme, para detener mi acelerada marcha hacia lo tenebroso, pero cuando la rompí, me quedé lívido. El hombre era yo. En la mano derecha tenía la daga.

© Luis Aguilar Monsalve. Nacido en Ecuador, en1942.
Narrador y ensayista. Doctor en Lenguas y Culturas Hispánicas y Doctor en Ciencias Políticas. Fue Director de la Maestría de Relaciones Internacionales, y Coordinador de los Dptos. de Literatura y Relaciones Internacionales de la Universidad de San Francisco (Quito). Actualmente, trabaja como autor en residencia en el Departamento de Lenguas Modernas de Wabash College. Publicó ensayos: La separación de la Iglesia y el Estado, Frenando los vínculos entre la Iglesia y el Estado: la nueva libertad religiosa en el Ecuador. Cuentos: A través de una rendija, Huellas y silencios, El umbral del silencio, Breve antología del relato, La otra cara del tiempo, Al otro lado de mi voz y otros cuentos.

 

LA SUPERPOSICIÓN DE LAS MARÍAS

Fernando Olzsanski

 

Escondido detrás de un libro y de un par de gafas de sol, miro de reojo todo lo que sucede en la piscina. No me preocupa que alguien pueda ver la dirección en la que observo, las gafas me protegen mientras no mueva la cabeza y delate hacia dónde estoy mirando.
Hay muchas cosas para mirar. La piscina está en el centro del complejo donde vivo, rodeada de apartamentos y plantas artificiales que le dan aspecto de oasis patético. Me llama la atención la gente que se asoma en los balcones y tira las colillas de los cigarrillos donde no debería, los jubilados que discuten en voz alta las instancias de un juego de dominó, algún caballero que muestra cómo le cuelga la panza por encima del traje de baño, los niños que saltan, gritan, y salpican con agua a los demás, y por supuesto, alguna señorita que valga la pena mirar. Para eso vengo. Para descansar, tomar algo de sol, y ver en la gente que me rodea a los personajes de esa novela que tengo en la cabeza desde hace más de doce años. En realidad, a los personajes ya los tengo, porque surgieron de un hecho que viví en Buenos Aires, antes de mudarme a Los Ángeles y que me empujaron a abandonar todo. Los personajes son tres, yo soy uno, el otro se llama Julián, y su novia, María. Las circunstancias que los tres vivimos son una novela sin ficción, demasiado real como para obviarla y dejarla en el olvido. Pero sé que escribirla sería como volver a vivir todo aquello, con los momentos de esperanza y con la amargura final del exilio.
Confieso que no sé cómo empezar esa novela, o no sé cómo escribirla, o no sé cómo terminarla. Porque me hubiese gustado que todo fuera diferente.
El observar a la gente que me rodea me da pautas para disfrazar a los personajes. Busco gestos, tonos de voz, actitudes y formas de caminar. Cualquier cosa que encuentre en los demás y que despierte los pensamientos que temen surgir. Eso es lo que he hecho en los últimos doce años, observar; buscar no sé qué, en no sé quién, lo que no sé cómo diré.
Aunque ahora me he dado cuenta de que, desde hace tres días, el observado soy yo.
El primer día tan sólo cruzamos miradas de ¿quién será? El segundo, me saludó con un buen día y se sentó en la reposera a tomar sol, justo frente a mí con la piscina de por medio. Empecé a observarla porque me ella observaba, y porque sus ojos eran negros, y su cabello también, y era largo y espeso, y le llegaba hasta más allá de los hombros. Como a María.
Sí, le vi también el cuerpo adolescente, pero firme, ese traje de baño de dos piezas, blanco y sugestivo, la gracia de sus muslos, la mirada con la cabeza baja, con los ojos escondidos entre los cabellos, pero intensa, muy intensa. Como la de María.
Alguien la llamó ayer por el nombre, creo que la madre, así supe su nombre. María Celeste. Ella contestó con fastidio mientras me miraba. Quizá supo que la estaba observando detrás de mis gafas negras, o quizá no supe esconder mi mirada o no quise hacerlo, porque estudiaba sus facciones, las cejas gruesas, la boca carnosa, la decisión de sus movimientos. Igual que María.
Hoy, cuando llegué a la piscina, ella ya estaba nadando, y lo primero que vi, fue su cuerpo saliendo del agua, lentamente, sin sacudirse. Con el agua cayéndole por la cara y el cuerpo, recorriéndola de pies a cabeza, y sus ojos estudiándome a través de sus densos cabellos. Como María, la última noche que pasamos juntos en aquel hotel de mala muerte.
Estaba algo lejos como para saludarla, pero ambos nos dimos cuenta de la presencia del otro. Fue magnético.

Ella se zambulle otra vez y nada despacio debajo del agua. Cada vez que se asoma a la superficie para respirar, balancea el cuerpo para sumergirse, dejando expuestas las caderas perfectas antes de entrar lentamente debajo del agua. Ya no me preocupa si me ven mirando. Sé que otros la ven también, porque es demasiado vistosa; imposible no asimilar sus movimientos de sirena. Aunque no la catalogaría como tal, porque las sirenas no tienen caderas, ni muslos, ni caminan tan seguras como lo hace esta María. Como lo hacía aquella María.
El recordar a María me trae sentimientos encontrados; por un lado, me llena de vida repasar el único momento de mi triste existencia en que me sentí hombre en el sentido completo de la palabra, el momento en que una mujer puede moldear con sus propias manos dentro del pecho masculino y darle sentido al caos interno. Pero al mismo tiempo, me hizo sentir tan miserable y tan ruin como es un traidor.
Por eso me fui de Buenos Aires, mientras otros aquí son refugiados de alguna guerra de por ahí, o buscan un futuro en una economía diferente, yo vine a ocultarme, y a encontrar en el espejo una imagen diferente a la que encontraba en mi ciudad.
Allí no podía verme a mí mismo, ni a mis padres, y menos a Julián, que después de todo es mi hermano.
Quisiera decir que me fui por amor, o por honor, o por respeto. En el único término que puedo pensar es cobardía.
María se me acerca y con esa desfachatez que tienen los adolescentes me pregunta si hablo español. Sé que se dio cuenta de ello por el libro que tengo en la mano, y le digo de donde soy y ella me dice con un inconfundible acento que es colombiana. Su voz es lejana en la memoria, pero poderosa y firme en el presente. Mis ojos la escuchan mientras viajan entre su rostro y las oscuras aureolas de sus pechos que contrastan con el blanco de su traje de baño y me señalan.
No hay mucho que pueda decir sobre cómo empezó aquello con María, partiendo de que Julián la trajo a casa un día y así empecé a verla seguido, hasta que un día pasó lo que pasó, y no dejó de pasar, hasta que Julián hizo una broma sobre nosotros dos. Y vi en las palabras de Julián algo más que una broma. Algo que sólo los hermanos pueden sentir. Porque sus ojos me miraron a mí, y no a ella.
Entonces me fui.
María me habla del sol, del calor, y de que quiere zambullirse en la piscina otra vez.
Yo sonrío. María sonríe y me saco las gafas oscuras para ver su color real y su mirada sin límites.
Tal vez estaba equivocado con respecto a la novela y a los personajes, tal vez la novela no había terminado, o no había empezado, o estaba en una transición; tal vez nunca me había ido de Buenos Aires y la pensé allá, o tal vez siempre había estado en Los Ángeles creando el espacio para vivirla en lugar de escribirla. Tal vez María nunca existió, o tal vez María siempre estuvo aquí esperando a que llegara. No sé cual de las Marías inventó a la otra.
El sol de California arde en la piel, tal vez el agua no sea una mala idea. Me zambullo. Puedo sentir la diferencia de temperatura, puedo percibir la suavidad de un mundo distinto. El mundo donde habita María.

© Fernando Olszanski: Escritor argentino, es autor de la novela Rezos de marihuana y del poemario Parte del polvo. Actualmente reside en Chicago, Estados Unidos, donde es Director Editorial de la Revista Contratiempo.

 

LA VIDA A PARTIR DE TERESITA

Walter Ianelli

 

Cuando se topa con Eduardo, después de tantos años, no siente na¬da fuera de lo normal. Hubiera pre¬ferido ensayar el saludo de rigor y pretextar un trámite urgente, bajar del an¬dén e irse en colectivo. Pero Eduardo se había aparecido de golpe como una fo¬to a la vuelta de una página. Las cejas levantadas en un asombro espas¬módico que Lucho considera, en una milésima de segundo, casi nece¬sario en esas circunstancias. Y ahora los ojos de Eduardo un poco más abajo, quizás en su barbilla, tratando de recomponer las imágenes ajadas por el tiempo. Entonces Lucho sabe que es tarde. Que ya ha entrado en la memoria del otro y el otro en la suya, y las piernas se le han clavado al piso. Su cara repite el asombro.
—Lucho —dice Eduardo abriendo los brazos—. Lucho querido.
Apenas más tarde, otra fracción de segundo más tarde, Lucho fin¬ge una extraña alegría. Sabe que la felicidad de ese hom¬bre, que lo abraza con desaforado contento, radica en encontrar después de veinte años a alguien que nunca se había preocupado en buscar. En¬tonces, palmea con resignación una espalda ya desconocida. Después viene el esfuerzo por zanjar de un solo saque ese abismo de años en los que cada uno ha ido dando pasos por su lado, desparejos, sucesivos, donde ha pasado mucho más que tiempo. Pero en fin. Ahora, que Eduardo lo sostiene por los brazos y lo contempla a medio metro, ve que está bien. No ha cambiado mucho. Un poco más gordo, más alto, pero todavía tiene todo el pelo.
—El Comercial, los muchachos, Teresita —dice Eduardo subiendo al tren—. Te acordás de Teresita.
Lucho también sube al tren. Al fin y al cabo iban para el mismo la¬do. Parece mentira, tanto tiempo yendo y viniendo del centro y recién ahora se lo encuentra.
—Teresita, eh Lucho... —insiste Eduardo.
Lucho mira por una de las ventanillas. Por qué sacará primero ese tema. Si la única vez que se pelearon fue por Teresita.
—Sí —dice Lucho y piensa en Teresita. Teresita en la cocina de ca¬sa con los guantes de goma puestos. Teresita a la mañana con su aliento a momia, durmiendo como la dejara hoy mismo, temprano, en¬callada entre las sábanas como una foca muerta. Hay que hacer un esfuerzo muy grande, demasiado para un día como éste, y a las seis de la tarde, después de todas las carpetas y las reuniones y etcétera. Hay que hacer un esfuerzo muy grande para acordarse de esa Teresita, la del colegio, esbelta y rubia y con las tetitas paradas, por la que algu¬na vez se peleó con Eduardo. Para qué le va a decir que al final se casó con ella.
Eduardo suspira otra vez. Le puso una mano en el hombro y mira también por la ventanilla. Las casas que corren afuera, de espaldas a las vías, los patios con ropa colgada se hacen un borrón en la velocidad que les une la mirada en un punto difícil de alcanzar. Difícil de traer a los labios. Pero Eduardo no está callado. Le cuenta del tra¬ba¬jo y de vez en cuando pronuncia las palabras vida, chicos, casa. Lu¬cho no lo mira. No hace falta. Siente que el tipo es feliz. Es más: está conforme.
El tren se detiene. Algunas personas los empujan y Lucho siente que debería bajarse, cortar por lo sano. Sin embargo se corre, deja pa¬sar, deja entrar a la gente que tapa el sol casi horizontal sobre el tin¬glado de la estación.
Cuando el tren arranca se da cuenta que Eduardo lo amarra por un brazo. Entre tanta gente sería imposible caerse. De todos modos no le molesta ese contacto, se ríe, de algo se estará riendo porque Eduardo también se ríe.
—Bajo en Flores —dice Eduardo—. Venite a comer a casa.
Lucho mira el reloj. Semejante tipo. Se podría decir que apenas lo conoce después de tantos años. Y lo invita a comer a la casa. Se le nota que tiene todo re¬suelto. Que su vida está al día como para perder toda una cena con un perfecto desconocido. Es tarde. No sabe qué lo tienta a aceptar.
—No sé —dice.
—Dale —dice Eduardo— No me contaste nada. Aunque sea a tomar unos mates. Telefoneás de casa y te vas temprano.
Bajan en flores. Ahora hablan de política, la globalización y la economía. Sortean el tráfico caminando. El auto de Eduardo está estacio¬nado a una cuadra. Suben. Viajan fumando parisienes, se detienen frente a una casa a diez minutos de viaje.
—Teresita, eh, Lucho —dice Eduardo con aire triunfante mientras abre el portón del garaje.
Lucho baja la cabeza. No tendría que haber venido. Ahora va a te¬ner que contarle y en el fondo, más allá de la camaradería, a Eduardo le va a joder que él se haya casado con ella, y él se va a poner peor porque con los años se ha ido dando cuenta que con Teresita las cosas no han funcionado.
Pero Eduardo ya está entrando en la casa. Dos chicos rubios le sal¬tan encima como perros y Eduardo los besa y se revuelca con ellos en la alfombra del living. Del saco le florecen caramelos, chocolates. Los pibes se los arrancan de las manos, saltan, vuelven a caer y salen co¬rriendo.
—¡Hey, heyy, heyyy! —los frena Eduardo—. ¡Saluden al tío Lucho, male¬ducados!
El tío Lucho. Los chicos vienen de a uno y lo besan. Son hermosos. Él hubiese querido tener chicos con Teresita.
—Son hermosos —dice Lucho.
—Tomá —dice Eduardo. Lucho no se sabe cómo pero ya Eduardo le ha servido un whisky—. Ahora te muestro la casa. Esperá que le digo a mi mujer que tenemos un invitado. De lujo —agrega y empieza a subir la escalera que va al piso alto.
Lucho se queda solo. Escucha las voces lejanas de los chicos, quizá en el fondo, en el patio. Camina por el living. Los muebles son agrada¬bles y tienen algo de no forzada intimidad que lo hacen sentir cómodo. Es extraño. La casa le gusta. Siente que le gusta. No la ha recorrido pero tiene la sensación de que bien podría vivir en ella. Termina el vaso de whisky y está tentado en reponer el contenido pero unos pasos en la escalera lo detienen.
—Bueno —se escucha la voz de Eduardo que baja los escalones—. Este es mi hermano Lucho del que tanto te hablé.
El hermano Lucho. El tío Lucho. Ni que viniese de Alaska. Se da vuelta. Una mujer desciende la escalera detrás de Eduardo. Tiene el pelo rubio y lacio y la cara llena de pecas y el pecho alto y ceñido.
Cuando la mujer lo mira Lucho siente una puntada en el estómago. El parecido con Teresita es escalofriante. Pero aún se parece más a esa Teresita que alguna vez dejaron en el colegio, sentada en un banco, sola y llorando a los mocos, mientras ellos salían a trompearse al pa¬tio.
—Al fin te conozco —dice Teresita y lo besa.
—Lucho-Susana. Susana-Lucho —dice Eduardo, satisfecho—. ¿Qué comemos?
No hay tiempo para nada. Susana se pierde en la cocina, Eduardo atiende un llamado telefónico. Los chicos ahora juegan adentro porque ya es de noche. Son hermosos, piensa Lucho. Como los que él hubiese querido tener con Teresita, con la Teresita que a él le había tocado. Quiere encontrar un pretexto para ir a la cocina a ver a esa Teresita de Eduardo, a ver cómo esa Teresita de Eduardo, de trenzas y tetitas paradas se había transformado en ésta que acababa de bajar la escalera. Si pudiera. Pero ya Eduardo soltó el teléfono y lo está apabullando. Trofeos de paddle, fotos de familia y viajes. Vida, casa, mujer e hijos. Y Lucho, otra vez acorralado en el sillón, asiente con la cabeza. Sin embargo pronto Eduardo se queda pensativo, se rasca la barbilla con dedos morosos y lo mira con una profundidad que le hace bajar la vista.
—Te-re-si-ta. Eh, Lucho, ¿te acordás? Qué minón —dice meneando la cabeza—. ¿La volviste a ver?
Lucho le evita los ojos, como en el tren. Se da cuenta de qué se trata esa fuerza centrípeta que desde un primer momento ejerciera Eduardo. La casa, los muebles, los chicos lo llaman. Lo chupan como un remolino, y él quiere escaparse por la ventana o dejarse mo¬rir atraído por esas cosas, pero dejar de escuchar a Eduardo hablándole de Teresita. Si Teresita está ahí, “ahí está tu Teresita, en la cocina”, tiene ganas de decirle. El desprendimiento de aquella que ambos conocieron una vez y que les dejó los ojos negros. ¿Para qué le va a contar de la suya?
—No —dice.
Entonces Teresita sale de la cocina. La cena está casi lista, dice y se sienta sobre la falda de Eduardo y le tira el pelo detrás de la oreja y lo besa. Los brazos de Eduardo sobran para abarcar el cuerpo frágil de esta Teresita que se ha ido haciendo más Teresita que la real, que ha tenido hijos y ha hecho feliz a un hombre.
—Me hubiera casado con ella —dice Eduardo sin importarle que Teresita esté ahí sobre sus faldas, mimándolo.
—La vida a partir de Teresita —dice Lucho y se levanta a buscar más whisky.


© Walter Iannelli se desempeñó como docente, editor y periodista cultural en la Subsecretaría de Cultura de la Pcia. de Buenos Aires y el Centro Cultural Recoleta, entre otros. Dirigió la revista literaria "Otras Puertas" (1992-1997). Es autor entre otros libros de Zumatra y la mecánica de tu corpiño (poesía), Alguien está esperando (cuentos llevados al cine por Imagen y Sonido de la Universidad de Buenos Aires), Sanpaku (novela) y Guía para pe(s)cadores (ensayos sobre escritura) y fue premiado por el Régimen a la Producción Literaria Nacional del Fondo Nacional de las Artes en los años 1995, 2000, 2001, 2003 y 2004. Actualmente es el coordinador general de Letras de la Dirección de Arte y Cultura del Municipio de Morón y asesor del portal La Cultura.

 


MERCADO FLORECIENTE
Miryam Gover de Nasatsky

 

Con una actitud desafiante frente a las teorías de la micro y macroeconomía, el Primer Magistrado dedicó ese verano sus mejores energías a interrumpir el estancamiento que afectaba a Amertástica. Así, según su estilo minucioso y detallista, decidió intervenir personalmente en las cruciales negociaciones de la industria manufacturera.
-Vamos a reencender el motor que pondrá en marcha al país- les anunció a los productores sorprendidos por su actitud enérgica y operativa.
-Nuestro sistema, con un tipo de cambio alto y salarios bajos, producirá un impacto en los mercados globalizados- aseguró el Ministro de Asuntos Brutos.
-También crecerá el consumo si el marketing logra convencer a la gente sobre los beneficios de adquirir permanentemente objetos nuevos- vaticinó un consultor especializado.
El entusiasmo que despertaron tantas aseveraciones optimistas repercutió en el ánimo de muchos ahorristas quienes ya no se privaban de nada.
-Lo importante es mantener estable el buen humor de los votantes con listas de posibles adquisiciones futuras- opinaban algunos analistas obsesionados porque el índice de precios no paraba de subir.
Se premiará a quienes generen mayor cantidad de desperdicios y elementos descartables- podía leerse en grandes afiches callejeros.
Después de incentivar tanto la demanda y la competitividad de la producción, la ciudad se vio abarrotada por enormes bultos conteniendo basura, muebles y todo tipo de objetos considerados obsoletos. Las calles se convirtieron en enormes depósitos que dificultaban la circulación. El problema era poder reemplazar todos los productos al mismo tiempo.
Los habitantes de Amertástica, para acomodarse a la nueva capacidad de gasto que imponía una circunstancia tan extrema, se fueron habituando a vivir en casas y departamentos vacíos hasta que algún viento favorable revirtiera la situación. Nadie podía torcerle el brazo al mercado floreciente.


© MIRYAM E. GOVER de NASATSKY

Profesora en Letras (Univ. Nac. del Litoral). Fue becaria del Fondo Nacional de las Artes. Docente e investigadora. Colabora en revistas literarias y en publicaciones conjuntas.
Entre otros libros, ha publicado:
* Revistas literarias argentinas 1960-1990. Edición conjunta con Nélida Salvador y Elena Ardissone
* Trayectorias musicales judeo-argentinas (con el auspicio del Fondo Nac. de las Artes y Ed. Milá). Edición conjunta con Ana Weinstein y Roberto B. Nasatsky.
*Persistentes vibraciones, poesía.
*La pasión de un visionario-Theodor Herzl, novela histórica.